“Es agotador tener que demostrar a los de afuera que no eres lo que dicen de ti y, a los tuyos, que no has dejado de ser quien eres”
En el Día Internacional del Pueblo Gitano, la escritora española Sally Cortés comparte sus impresiones tras llegar por primera vez a Praga para presentar un número especial de la revista Plav. En esta entrevista reflexiona sobre la tensión constante entre el amor por su pueblo y la necesidad de abrirse camino más allá de las convenciones familiares, cuestiona los estereotipos que la literatura sigue imponiendo a los gitanos y reivindica la figura de Melquíades, el inolvidable personaje de Cien años de soledad.
En el Día Internacional del Pueblo Gitano, y en el cierre de su fugaz pero intensa visita a Praga, la escritora española Sally Cortés pone en palabras, nada menos, que una tensión tan propia como universal: abrirse camino sin perder pertenencia.
“Yo siempre digo que nos encontramos en un limbo, porque la mujer gitana que intenta avanzar, directamente está en tierra de nadie. Para los que no son gitanos, sigues siendo la gitana, por mucho que hayas estudiado, por mucho que hayas trabajado durante años, que seas profesional, y, para la otra parte, ya no es tan gitana. Entonces, es una pelea constante, agotadora, que, fíjate, estaba hablando con mis padres: yo soy mayor y ya cumplí 42 años este mes y mi madre me decía: ‘a ver si podemos irnos contigo en los viajes, porque, claro, es dar que hablar, por Dios’, o sea, esa obsesión del buen nombre, de aparentar, es odioso”.
La causa de la rebeldía
Sin ir más lejos, a pesar de haber sabido ir a contramano cuando hacía falta, la propia Sally es consciente de haber obedecido de algún modo los mandatos de su familia al casarse con un gitano a los diecinueve años de edad.
“Pero, claro, es lo que te enseñan: que cuando tienes 18, 19 años, te echas novio, te casas y tienes que ser madre. Es verdad que yo siempre he sido una rebelde sin causa y no sé por qué: cuando todas mis primas estaban conformes, a mí me decían: ‘tú no puedes hacer esto porque eres niña y somos gitanos’. Y a mí me rugía algo por el otro y me enfadaba muchísimo. Y yo creo que esa rebeldía me ha llevado a donde estoy hoy”.
Agrega Sally que, al menos en España, era muy difícil que a una mujer gitana la dejaran estudiar, algo contra lo cual ella tuvo que luchar durante toda su vida y que, en algún punto, terminó despertando su vocación literaria.
“Cuando yo le suplico a mi padre que me deje hacer la educación secundaria, la obligatoria, hasta los 16 años, él me dice: ‘vale, pero nada de chicos, o prohibido o fuera’. ‘Vale, vale’. Claro, yo entro, como sabes tú, con 14 años, las hormonas, todo de mil colores y te enamoras, ¿no? De uno, de tres o de cuatro. Entonces, yo tenía esa necesidad de contarlo y no podía, y empecé a escribir historias, en tercera persona por supuesto, y ahí fue que empecé. Es verdad que, cuando después estudié filología, hay un punto donde me molesta mucho el hecho de que el personaje gitano siempre aparezca, desde la Edad Media en la literatura española, siempre de manera despectiva, con un estereotipo, y eso va forjando un modelo, un patrón. Y, claro, siempre escriben sobre nosotros desde el desconocimiento absoluto y eso no nos hace un favor, ni nos lo ha hecho, porque eso después trasciende al cine. Y en el imaginario colectivo el gitano es tal, tal y tal. Y en cuanto me conocen a mí, me dicen: ‘no, pero tú eres normal’. Porque eso es lo que me dicen”.
Un recuerdo de Cervantes
Una de esas obras sobre gitanos escritas por no gitanos que la marcaron desde muy temprano fue nada menos que La gitanilla, de Cervantes, que, según recuerda Sally, ya abre con una mirada estigmatizante al plantear que los gitanos “parece que nacieron para ser ladrones”.
“Yo recuerdo leer ese primer párrafo en el instituto y notar que la vergüenza me... entonces yo me peleé con los profesores y decía: ‘pero ¿por qué poner textos así cuando pueden haber alumnos gitanos que se van a sentir súper incómodos?’ Es que... Entonces, ahí está mi pelea de decir, no, es que tenemos que escribir nosotros sobre nosotros. No podemos seguir diciendo que somos ladrones, que somos brujas, que somos promiscuas, que somos... Es que nos dicen de todo. Y lo dan por hecho”.
De alguna forma, Sally convirtió aquella bronca infantil en inspiración adulta al dedicarse a poner en palabras esa marginalidad y encono contra los gitanos pero desde adentro, en textos como el cuento Alas o su poética primera novela Cuando callan las estrellas.
“El personaje principal tiene que demostrar sí o sí que no es lo que los demás piensan de ella, pero a la vez tiene que demostrar a los suyos que sigue siendo la misma persona. Simplemente quiere avanzar, que es importante avanzar en la vida y también quitarse los prejuicios porque se tienen prejuicios en contra de los gitanos, pero nosotros, después de tanto tiempo de pensar que nos han hecho daño, también tenemos muchos”.
Elogio a Melquíades de Cien años de soledad
Incluso en la literatura contemporánea encuentra Sally el típico lugar común del gitano que pide dinero en la calle o se pone a tocar la guitarra con una picardía casi inocua y siempre transparente. De hecho, acaba de mandar a la imprenta un ensayo escrito junto a su hermano sobre la imagen que ha construido la literatura y el cine acerca del pueblo gitano. No obstante, aún con sus elementos más trillados, hay un personaje gitano de una obra super canónica que Sally siempre valora y defiende: el gran Melquíades de Cien años de soledad.
“Porque... al final no deja de aparecer como un personaje casi principal, y el único que es capaz de ver lo que ninguno ve. Además de conocer de todo, su sabiduría, la ciencia, y al final profetiza todo lo que va a pasar en esa familia. Es el único personaje que está de principio a fin, y la verdad es me gustó como lo describió García Márquez”.
Convivir con el racismo
Es agotador tener que demostrar a los de afuera que no eres lo que dicen de ti y, a los tuyos, que no has dejado de ser quien eres”
Más allá de Macondo y del respeto casi reverencial que, en algunos casos, genera el arte del flamenco, Sally afirma que en España la discriminación contra los gitanos se ha sentido y aún se siente mucho.
“El primer intento de genocidio contra el pueblo gitano fue en España, y a partir de ahí, bueno, de antes, hay más de 250 leyes anti-gitanas sobre nuestras espaldas. En España, somos los únicos gitanos que no sabemos hablar el idioma romaní porque nos lo prohibieron, porque nos mataban; o sea, hay racismo, hay barrios segregados, hay colegios segregados y es algo que se sigue palpando”.
Sally insiste en que ella habla desde su propia experiencia y, en efecto, las anécdotas personales que dan cuenta de esa discriminación parecen no tener fin.
“Cuando tú sales del entorno donde se supone que tú tienes que estar por ser gitana, la gente se descoloca un poquito. Yo vivo en una urbanización súper bonita, con piscina, pista de pádel, y yo me acuerdo que, una de las veces que yo bajé al principio, un hombre no paraba de mirarme, entonces se acercó y me dijo: ‘por favor, ¿me puedes enseñar las llaves?’ Porque daba por hecho que yo no podía vivir ahí, en esa casa”.
Como si hiciera falta, agrega Sally que una vez se hizo una encuesta en España donde preguntaban a quién preferían tener de vecino y los gitanos salieron incluso por debajo de los terroristas.
Praga o la posibilidad de un hogar
Es agotador tener que demostrar a los de afuera que no eres lo que dicen de ti y, a los tuyos, que no has dejado de ser quien eres”
Muy emocionada por haber conocido Praga, cuenta Sally que su editorial española la contactó para preguntarle si quería participar en una publicación checa especializada en cultura gitana, y eso llevó a que la prestigiosa revista Plav la incluyera también en un número temático que acaba de salir, donde traducen un fragmento de Cuando callan las estrellas. Gracias a la colaboración del Instituto Cervantes de Praga, además de participar en una charla durante la presentación de la revista, Sally integró un panel de discusión sobre la emancipación de las mujeres gitanas organizado por la ONG Slovo 21. De todas formas, aprovechó cada minuto de tiempo libre para absorber lo máximo posible la energía de una ciudad que, si bien acaba de conocer, ya siente como un posible futuro hogar.
“No hay una parte que no te sorprenda. Porque si te llevo al Alicante, yo te puedo enseñar la playa, el puerto, el castillo... y ya. Pero la ciudad en sí es fea, Pero aquí no, no. Es que me tiene alucinada. Le decía yo a mi hijo: ‘yo creo que no venimos aquí, ¿eh? Un par de años’. Sí, sí, es preciosa, preciosa. Me gustaría venirme, ¿eh? De verdad que sí. Yo creo que es una ciudad donde te inspira a escribir”.
El próximo paso, entonces, será convencerlos a sus tres hijos de mudarse a Praga. Aunque, en verdad, jamás lo haría de ese modo porque ella misma asegura que, al escucharlos a ellos hablar del respeto que les tienen a las mujeres, ella siente que ha cumplido su misión y, por lo tanto, lo único que espera ahora es no limitarlos en ninguna de sus decisiones, ni siquiera en aquellas que atañen a su pertenencia gitana.
“El mayor, por ejemplo, está estudiando cine, en el segundo año de universidad y se ha quedado loquísimo por venirse aquí conmigo. Y es un niño que pasa desapercibido, que evita decir que es gitano porque siempre hay problemas si lo dices. Cuando el mediano fue a entrar al instituto, le preguntó: ‘Oye, venga, aconsejame como hermano’. ‘No digas que eres gitano. Y te irá mejor’. Entonces, el del medio, por ejemplo, ese tema lo lleva con mucha más cautela. Yo también soy el del medio. Somos impulsivos, somos... Y a él le dio igual. Él lo cuenta, él lo dice, lo lleva de otra manera. Está súper orgulloso, pero con una mentalidad más abierta. Los tres tienen claro que quieren estudiar y que a su madre le parece bien que se enamoren de quien quieran. Eso lo tienen súper claro. Y nunca los presiono con temas de cultura, solo les digo que no se avergüencen de lo que son”.
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