“En Auschwitz había hornos crematorios, ahora en Gaza no los necesitan”

Alberto Manguel

Desde Borges a Gaza, el escritor Alberto Manguel, como buen ensayista, reflexiona en esta charla sobre temas tan diversos como el turismo de Praga, la selección natural de las obras literarias, la banalidad de Dan Brown y esa irreversible cuenta regresiva en la que, en su opinión, ya ha entrado la especie humana.

En su libro Con Borges, el escritor argentino-canadiense Alberto Manguel; quien, de muy joven, tuvo el privilegio de leerle regularmente al maestro debido a su ceguera describe con una imagen casi praguense la complicidad creativa de esas sociedad perfecta que conformaban Borges y Bioy Casares: “Verlos trabajar juntos me hacía pensar en alquimistas dispuestos a crear un homúnculo.” Paradójicamente, Manguel apenas conoce Praga. Recién ahora, en la que es su segunda visita para moderar el Festival Fall 2025, que se celebra en el museo DOX con el apoyo del Instituto Cervantes, ha podido ver al menos un sitio que, dicho sea de paso, lo ha deslumbrado: la impresionante biblioteca barroca del Klementinum.

Biblioteca de Klementinum | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Es curioso porque Praga parece mi geografía imaginaria, pero las circunstancias de la vida hacen que uno se encuentre en un lugar y no en otro. Así que el año pasado vine por primera vez y tampoco pude conocer la ciudad porque están infectados de turistas. Hay mareas de turistas que no te dejan ver los edificios; es una ciudad que ya no se puede ver, ¡a menos que haya una epidemia y acabe con los turistas! Pero esto es una plaga del mundo entero: mi relación con Praga es absolutamente literaria, pasa por los escritores checos. Yo conocí, por ejemplo, muy bien a Josef Škvorecký en Canadá. Y, a través de mis lecturas a otros escritores”.

La timidez borgeana

Foto: editorial Alianza

En cuanto a la relación entre Borges y Bioy, Manguel no duda en afirmar que Bioy era el único compañero intelectual que estuvo a la altura de Borges. Ahora mismo, Manguel está terminando un ensayo para el Times a propósito de la edición en inglés de los diarios de Bioy sobre Borges. Un libro de más de mil páginas que generó fuertes controversias cuando se publicó en Argentina por su falta absoluta de filtros. No obstante, Manguel lo valora a tal punto que lo compara con el diario de Boswell sobre Johnson. Manguel no duda en decir que Borges es la persona más tímida que conoció en su vida, pero al mismo tiempo, se trataba de una timidez extraña y consciente de su propia grandeza.

“Borges mismo decía que la modestia es la peor forma del orgullo, pero a partir de allí hay una verdadera modestia que yo creo que viene de ser tan inteligente. Si vos sos verdaderamente inteligente y te pones a leer a Kant o a Dante, te dices: ‘frente a estas inteligencias yo no soy nada’. Y no es como Carlos Argentino Daneri en el Aleph, que dice: ‘yo soy como ellos porque soy el mejor’. Borges era demasiado inteligente para eso”.

Agrega Manguel que cuando Borges lo conoció a su gran amigo, Bioy no solo era mucho más joven que él, sino que aún no contaba con grandes lecturas. Sin embargo, decidió establecer una relación de diálogo que lo formó a Bioy, aunque en su opinión se trató de un enriquecimiento recíproco.

“Pero también, al mismo tiempo, Bioy forma a Borges porque incorpora en el mundo intelectual de Borges las nociones de relaciones humanas, de sentimientos, que a Borges no le interesaban porque no las conocía. Las únicas relaciones emotivas que tenía Borges era una amistad temprana en Ginebra con Maurice Abramowicz, y un poco con su hermana, pero sobre todo con su madre”.

Recuerda Manguel que, cada vez que salía a comer con Borges, su madre le gritaba desde la habitación que no se olvidara de ponerse el saco. También desaprobaba sistemáticamente a todas las mujeres que lo acompañaban, algo que Manguel no deja de vincular con la frugalidad sexual del autor.

“Borges es o puede ser enormemente emotivo de manera inteligente, no sentimental, aunque a veces yo lo llevaba al cine y le contaba lo que estaba pasando y él lloraba, por ejemplo, con West Side Story. Pero Borges tiene poemas que solo alguien que realmente siente la emoción del amor puede escribir”.

La bestia extraña

Pero volviendo a esas escenas en las que se los veía trabajar juntos, Manguel recuerda que, en esos momentos, Borges y Bioy se convertían en una tercera persona que adquiría los rasgos de cada uno de ellos, tal como muestra, según él mismo explica, una foto de Gisèle Freund que superpone sus rostros.

“Todo escritor quiere crear su gólem y le sale mal. Es decir, lo que Mallarmé llamaba la musa de la imposibilidad. El escritor trabaja inspirado por la musa de la imposibilidad: te inspira una obra, tenés la idea perfecta, la escribís, y nunca es eso. Entonces, sabiéndolo, Borges y Bioy creaban sus gólems. Pero yo creo que, tanto en la creación del Gólem por el rabino Loew, como en la creación del monstruo por Víctor Frankenstein y en la del homúnculo de los alquimistas, lo que hay es un profundo sentimiento machista de por qué es sólo la mujer la que puede crear vida y dar a luz. ¿Por qué los hombres no pueden solitos hacer una criatura viva? Y, entonces, son siempre hombres estos que crean la vida, y les sale mal. Y yo creo, aunque no quiero ponerme a hacer psicología, que tanto Borges, que estaba como afuera del mundo de las relaciones eróticas y heterosexuales, como Bioy, que estaba muy dentro de ese universo, los dos veían a la mujer como una bestia extraña.”

Alberto Manguel moderando una mesa de escritores internacionales en DOX | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Insiste Manguel en que desde la noche de los tiempos existe una envidia de los hombres a las mujeres por el hecho de poder crear a través de un proceso totalmente escondido en el interior de su cuerpo.

El milagro secreto

A lo largo de su vida, Alberto Manguel ha vivido en numerosos países como Argentina, Francia, Canadá, Estados Unidos y, desde hace cinco años, está instalado en Lisboa, la ciudad del gran Fernando Pessoa.

“Cada lugar en que viví me pareció el paraíso, pero me olvidaba de que la definición de paraíso es el lugar que perdemos”.

Alberto Manguel

“Yo tuve que vivir en muchos lugares, no me quería mudar. Cada lugar en que viví me pareció el paraíso, pero me olvidaba de que la definición de paraíso es el lugar que perdemos. Entonces viví en docenas de lugares. Y, en cada lugar construía, mi biblioteca. Y me iba a otro lugar. A veces tenía que dejar los libros, a veces se los daba a un amigo”.

En una de esas mudanzas, cuando se fue de Buenos Aires a Nueva York, recibió un gran regalo de su admirado Jorge Luis Borges, como si el destino insistiera en unir sus respectivos senderos.

Jorge Luis Borges en el hotel parisino en 1969 donde Krén realizó una exposición sobre el autor argentino | Foto: Wikimedia Commons,  public domain

“Y estaba esperando a la compañía de transporte que me llevase las cajas de libros para Nueva York. Y como tenía una hora no iba a esperar en el departamento vacío. Me fui a dar una vuelta y, en Buenos Aires, además de las librerías, hay pequeños rincones donde la gente pone estanterías con libros, revistas, ediciones de bolsillo, y entro en uno a dos cuadras de casa. Había una pila de volúmenes sueltos de una enciclopedia de esas que se hacían en Europa en los años 30, donde en lugar de varios volúmenes en orden alfabético, cada volumen era temático: uno sobre la industria del acero, otro sobre Cervantes, otro sobre tal cosa, y yo estaba en ese momento escribiendo la biografía de Maimónides, y veo que uno de los volúmenes era de literatura arábigo-andaluza, y digo: ‘Esto puede serme útil’ porque estaba escrito por un profesor que yo conocía. Me costó dos pesos, nada. No lo abrí porque tenía que volver a casa y puse el libro dentro de la caja. Un mes después, al llegar a Nueva York, abro la caja, veo mis libros, me acuerdo de que compré ese ejemplar, lo abro y en la página del título dice: ‘Jorge Luis Borges, 1932’ con la marquita de Borges, y en la página de guarda, una lista de citas que corresponden exactamente a la estructura del relato ‘La busca de Averroes’. Todo está en ese libro, en ese volumencito, y ese es el regalo que me hizo el fantasma de Borges antes de irme de Buenos Aires”.

La supervivencia de las obras literarias

Aunque también ha incursionado en la ficción, el género más recurrente en la obra de Manguel es el ensayo y uno de los temas que más abordó es el de las distintas modalidades que se ponen en juego durante la lectura. No obstante, en la actualidad, suele escucharse mucho que hay cada vez más escritores y menos lectores, algo con lo que Manguel no parece estar muy de acuerdo, o al menos no con la supuesta actualidad de ese temor, ya que él mismo recuerda que, incluso en el Eclesiastés, se puede leer que “Hacer libros ya no tiene límites”.

Foto: editorial Host

“Desde siempre, desde la invención de la lengua escrita, hemos pensado que escribimos demasiado. En Alejandría trataron de recoger todos los libros que existían en el imperio: había millones de textos, volúmenes, rollos, tabletas en la biblioteca de Alejandría, a tal punto que el lector no sabía qué leer y entonces los bibliotecarios empezaron a hacer listas de lecturas recomendadas, que son los cánones. Entonces, ese es un problema que existió siempre. Nosotros, ahora, lo estamos viendo quizás de manera más clara porque las librerías físicas no son selectivas y las librerías como Amazon son, no infinitas, pero casi incontables, a lo cual se agrega el fenómeno de la auto-publicación. Entonces, cualquiera puede escribir un libro, pero la misma cosa ocurrió en la Edad Media: si escribías un libro te lo hacías copiar. Yo no creo que sea un problema porque, de alguna manera, la selección se hace sola. No sé cómo ocurre, no es una cuestión de estadísticas, es una cuestión de valor, pero a través del tiempo, muy poco tiempo, las obras se filtran y muy pocas quedan. De la lista de bestsellers ya no te acordás de ningún título la semana que viene o el mes que viene. Entonces hay una enorme oferta: están los lectores que compran el libro digital, lo escuchan, compran el libro físico, no importa; pero de esa marea, cuando el mar se retira, quedan cuatro piedritas. Y ese es un fenómeno positivo en el sentido de que es una selección darwiniana de la mejor literatura".

Foto: Daniela Honigmann,  Radio Prague International

La pregunta es si esa selección natural es en verdad natural o también depende de factores como el muchas veces arbitrario poder de reparto de Google y el famoso algoritmo de internet. En ese caso, Manguel trae a colación el ejemplo de Dan Brown y asegura que, si bien hoy pueden verse extensas filas de gente buscando su nuevo libro, sus libros no van a permanecer en el tiempo; a diferencia de las obras de autores como Margaret Atwood que trascienden porque tienen un valor que va más allá de la excitación del momento y no son sabor de un día.

La insoportable levedad de Dan Brown

Habiendo leído incluso a Dan Brown, Alberto Manguel hasta se toma el trabajo de explicar los motivos por los que cree que sus libros, por más historias que cuenten, no van a pasar a la historia.

Foto: Barbora Němcová,  Radio Prague International

“Es un fenómeno muy curioso: hay una anécdota, una historia que puede interesar, es decir, es tan convincente como puede serlo una historia de Julio Verne o de un William Wilkie Corins, aunque él sabía escribir, es decir, sabía si una frase llevaba un sustantivo o dónde iba el verbo. A Dan Brown no le interesa eso y no lo hace. Entonces, si vos lo leés objetivamente, lo tenés que hacer con un lápiz rojo corrigiendo los errores de sentido, incluso de argumento: una persona gira a la izquierda y después resulta que giró a la derecha. No está corregido, no está editado. Y, entonces, el lector corrige mientras lee. Y yo no me explico por qué la gente tiene la energía de hacer ese esfuerzo, de corregir obras tan mal escritas como las de Paulo Coelho, Dan Brown, Judith Krantz, que se vendieron en su momento, se siguen vendiendo un tiempo, pero no van a quedar”.

En todo caso, una pregunta pertinente es si con herramientas actuales como la inteligencia artificial no podrían comenzar a disimularse un poco esos abismos entre las obras perecederas y las que pretenden, al menos, trascender las coyunturas.

Alberto Manguel | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Si entramos en ese campo tenemos que decir muchas cosas que no tienen que ver con la creación literaria. Es decir, siempre hemos construido instrumentos que imitan las acciones que necesitamos. Entonces, un cuchillo imita el hecho de que, con la mano, no te basta para cortar o para apuñalar a alguien. Necesitas un instrumento. La rueda te ayuda con el movimiento que necesitas, que no puedes hacer con los pies. La inteligencia artificial es un instrumento que, a través de información estadística, crea una imitación de la creación artística. Perfecto: no hay nada malo en imitar lo que Platón decía que es una imitación de todas maneras. El problema es que hemos creado un instrumento a la Golem al que le hemos dado la instrucción de educarse a sí mismo. Es decir, la inteligencia artificial aprende estadísticamente: si yo pongo la lapicera aquí y la puedo levantar mejor que si la pongo aquí, entonces tacha ese primer error, aprende del otro y siempre la pone así. Perfecto. De ahí en más, crea Golems de sí mismo para que hagan esas acciones y entonces puede la prueba y el error multiplicarse por casi el infinito”.

Apocalipsis Now

En consecuencia, dice Manguel que lo peligroso es que ya ha llegado un punto en el que el lenguaje estadístico que utiliza esa máquina a la que estamos alimentando ya no puede ser entendido por el cerebro humano. Y basándose en la película 2001: Odisea del espacio considera Manguel que, con tal de alcanzar su punto máximo de eficacia, una inteligencia artificial no tendría demasiados pruritos en deshacerse de la propia humanidad.

“Yo soy infinitamente pesimista en todo sentido. Creo que estamos en los últimos años, si no meses de la humanidad. Sabemos que todo imperio acaba y toda especie se extingue, incluso los dinosaurios. Y nosotros estamos en una situación mundial en la que hemos permitido que los valores más negativos de la humanidad estén en el poder. Valores a los que les interesa solamente la ganancia financiera y el poder absoluto, valores que no nos permiten sobrevivir como especie”.

Dentro de semejante apocalipsis, una de las peores alarmas es lo que ocurre actualmente en Gaza. Manguel afirma que suele mortificarlo el hecho de estar haciendo algo tan banal como tomar un café mientras en Gaza decenas de niños mueren de hambre cada día.

“Yo soy infinitamente pesimista. Creo que estamos en los últimos años, si no meses de la humanidad”.

Alberto Manguel

“Yo estoy muy involucrado con lo que sucede en Gaza y me desespera la falta de eficacia de todo lo que yo puedo hacer. Hubiese podido elegir Afganistán, Sudán o Ucrania. Ocurrió que dos escritores de Gaza me pidieron que los ayude a salir. Consiguieron visas en Francia para ser invitados por centros culturales y tienen familia. Uno tiene una mujer con cáncer que la última carta que me escribió me dice: ‘nos llevan media hora ir de la casa a pie a donde hay un coche que nos puede llevar al hospital y cuando llegamos al hospital mi mujer está tan agotada que no la pueden tratar’. La otra familia tiene una chiquita de tres años que necesita un medicamento para algo parecido a diabetes y se está muriendo. Mandamos los medicamentos a Jordania e Israel no los deja entrar, entonces la chica se está muriendo. Con los visados, el cónsul de Francia en Jerusalén me escribió diciendo tenemos todos los visados aquí para las dos familias, Israel no avala el visado de Francia. Es deliberadamente querer hacerlos morir. Y lo vemos: la insolencia con la que Trump y Netanyahu presentan Gaza como un lugar que va a convertirse en el nuevo Mar-a-Lago o el nuevo Miami es comparable a lo que los nazis hacían en Auschwitz. Bueno, en el caso de Auschwitz había hornos crematorios; ahora en Gaza no los necesitan. La ciudad entera es un horno crematorio y no pueden sobrevivir. Y no solo no pueden sobrevivir, sino que no los dejan escapar. Y no solo no los dejan escapar, sino que los están matando de hambre y de enfermedades. No hay que comparar el horror pero los nazis hacían lo mismo en los guetos. Entonces, no hay ninguna justificación para eso. Parte del problema es que, con nuestra haraganería para pensar, estamos confundiendo Hamás con árabes y el gobierno de Israel con judíos. Entonces estamos simplificando. Estamos simplificando las cosas de una manera atroz. Y nos estamos convirtiendo en idiotas útiles”.

Manguel reconoce que no vislumbra una solución posible, y que estos años le parecen aún más sombríos que los de la Segunda Guerra Mundial porque, en aquel entonces, en su opinión, la humanidad al menos contaba con la experiencia de la Gran Guerra, pero aún no conocía el grado de extremismo al que podían llegar nombres como Stalin, Mussolini, Hitler, Salazar o Franco. Hoy, en cambio, ese horror ya está documentado en los libros de historia y, lamentablemente, también presente en la actualidad.