El día que las barras bravas argentinas trajeron su guerra a Praga
Mientras la República Checa vivía el sueño de su generación dorada, un hostal se convirtió en escenario de una violenta escaramuza entre barras bravas de Argentina. El episodio, que mezcló fútbol, descontrol y diplomacia, dejó una marca negra indeleble en la historia de las Copas del Mundo.
En el verano de 2006, la República Checa se preparaba para vivir una de las mayores fiestas deportivas de su historia: el regreso al Mundial y el sueño inspirado por una “generación dorada”, encabezada por Pavel Nedvěd, Petr Čech y compañía. Aquel entusiasmo nacional acabaría empañado por una decepción mundialista en el país vecino pero, además, por un episodio tan insólito como ajeno al fútbol local. En un tranquilo hostal checo, a cientos de kilómetros de los estadios alemanes, dos de las barras bravas más temidas de Argentina —La Doce de Boca Juniors y Los Diablos Rojos de Independiente— protagonizaron una violenta trifulca que desconcertó a la policía, sorprendió a los medios y convirtió por unas horas a Chequia en epicentro involuntario de la “leyenda negra” de las hinchadas argentinas.
El fenómeno barra
En Argentina, el fenómeno de las barras bravas no es una mera expresión de fanatismo deportivo, sino una estructura con jerarquías, negocios, influencias políticas y un poder que trasciende el fútbol. Su historia se remonta a los años cincuenta, cuando las hinchadas comenzaron a organizarse en grupos que acompañaban a su equipo a todas partes, marcando presencia con bombos, banderas y cánticos.
Aquellos primeros grupos, que eran vistos inicialmente como una forma de folklore popular, acabarían transformándose en algo mucho más peligroso. Hacia la década de los 70, en plena dictadura militar y en un contexto de creciente violencia en los estadios y la politización del deporte, ya no se trataba de hinchas comunes: eran organizaciones parapoliciales con conexiones en comisarías, sindicatos y despachos de los dirigentes.
Con el regreso de la democracia en 1983, se pensó que las barras bravas desaparecerían, pero ocurrió lo contrario.
Los clubes comenzaron a utilizarlas como fuerza de control y seguridad en las tribunas, otorgándoles varios privilegios como entradas, viajes y dinero, y a cambio, las barras imponían su poder y extendían su dominio a la reventa de entradas, los estacionamientos, la seguridad privada…
Durante los noventa, el fenómeno se consolidó: las barras se transformaron en verdaderas instituciones con líderes poderosos, estructuras jerárquicas y conexiones políticas. Los Borrachos del Tablón, La Doce o La Guardia Imperial ya no eran simples hinchadas, sino organizaciones con intereses económicos y capacidad de presión sobre dirigentes y autoridades.
La crisis del 2001 acentuó esa autonomía. Aprovechando el caos institucional, las barras se emanciparon de los clubes y reforzaron sus negocios paralelos. Ese es el contexto que marca este episodio oscuro que tuvo lugar en el Mundial de Alemania 2006.
Para Chequia, la cita pasaría a la historia en lo deportivo como el fin definitivo de aquella “generación dorada”, mientras que para Argentina supuso un inesperado desembarco de sus barras en Europa.
De hecho, algunos de sus más temibles miembros protagonizarían en tierras checas un enfrentamiento con varios detenidos, un herido por arma blanca, un hotel destrozado y hasta una suerte de cruce diplomático que ha ganado fama de leyenda. De todo eso se cumplen casi dos décadas.
Alemania, punto de inflexión
Alemania fue un punto de inflexión. Por primera vez, las autoridades argentinas intentaron controlar el viaje de los líderes de las barras a través de una lista negra confeccionada por el Ministerio del Interior que incluía a más de 200 personas con antecedentes de violencia en estadios. Esto, sin embargo, no impidió que muchos lograran sortear las restricciones gracias a contactos en la dirigencia o documentación alternativa.
La barra de River Plate, Los Borrachos del Tablón, se posicionó como la barra oficial de la Selección Argentina para la cita. Su estructura, financiación y organización eran las más sólidas del país, todo esto bajo el liderazgo de Adrián Rousseau, quien mantenía relaciones fluidas con empresarios y dirigentes cercanos a la AFA. Más de cuarenta miembros viajaron a Alemania con pasajes pagados a través de una red de contactos que incluía empresarios y dirigentes vinculados al club River Plate, incluyendo, por ejemplo, al central argentino Martín Demichelis, que por aquel entonces militaba en el Bayern de Munich. Los Borrachos, de hecho, se alojaron en la propia ciudad muniquesa y también en Hamburgo, destinos donde jugaría su selección.
Frente al despliegue y la opulencia de la hinchada de River, otros grupos asistieron también a la Copa de forma mucho más “humilde”, alojándose en países vecinos donde los costos eran menores y la vigilancia policial más endeble. Entre ellos, otros dos históricos de las tribunas argentinas: Pablo ‘Bebote’ Álvarez, líder de la barra de Independiente, y Mauro Martín, referente de La Doce de Boca Juniors en Alemania en ausencia de otro histórico como Rafa Di Zeo. Con todo, aquella comitiva argentina que representaba una suerte de “barra paralela” era mucho más amplia. Según detalla el periodista Gustavo Grabia en su libro ‘Asalto al Mundial’, se desplazaron seis integrantes de Independiente con el jefe, Pablo ‘Bebote’ Álvarez a la cabeza, 13 de Boca con Mauro Martín como líder, otros tantos de Newell’s con su mandamás, Roberto Pimpi Camino al mando, ocho de Vélez comandados por Marcos Lencina, siete de Defensa y Justicia, entre los que se destacaba Héctor el Vaca Alarcón, cinco de Chacarita al mando de Raúl Muchinga Escalante y cuatro de Huracán, Rafaela y Banfield, respectivamente.
Fue así que la casualidad quiso que decenas de barras eligiesen Chequia como sede y refugio temporal antes de moverse hacia los estadios, pero además resulta que esa misma casualidad hizo que miembros de La Doce y de la barra de Independiente coincidiesen en el mismo hotel.
Para sorpresa de nadie, todo lo que podía salir mal acabó saliendo aún peor en lo que resultó un capítulo más dentro de esa “leyenda negra” de las barras argentinas en las Copas del Mundo, pero que en este caso tuvo a Chequia como escenario.
La gran pelea
Allá por el 20 de junio de 2006, los fanáticos checos aguardaban el tercer y definitivo encuentro de la fase de grupos del Mundial. La selección checa se jugaba todo ante Italia, tras vencer a EEUU y caer de manera sorprendente ante Ghana. A dos días del encuentro, los nervios y la expectación se hacían sentir en los pubs y calles checas, pero sería también en ellas donde se desataría el más absoluto y violento caos en aquella fecha.
Alemania 2006 pasaría a la historia checa como un rotundo fracaso en lo deportivo, algo que se confirmaría el día 22 con una derrota frente al conjunto italiano, terminando el sueño mundialista. Pero más allá de eso, aquel también sería para siempre recordado como escenario de una de las más insólitas y violentas peleas entre barras bravas fuera de la Argentina, un episodio que mezcló fútbol, caos y diplomacia en un capítulo tan inesperado como legendario
Por producirse en el extranjero, por sus protagonistas, por engrosar esa “leyenda negra” argentina en las Copas del Mundo e, incluso, porque ya casi 20 años después de lo sucedido todavía existen versiones encontradas sobre los detalles de lo que sucedió realmente en un modesto hostal checo. Aquella trifulca, sin embargo, entraría de lleno en los anales de la historia de las barras, donde tanto La Doce como Los Diablos Rojos, Boca e Independiente, ya compartían un pasado caliente y de confrontación que sumaría un nuevo capítulo en Chequia. La primera chispa, sin embargo, ya se prendería en tierras alemanas apenas unas horas antes, donde ambos grupos vivieron una situación similar…
“En Alemania estábamos ahí, en Frankfurt, esperando un hostel. Estábamos los dos esperando el mismo hostel, y ahí fue cuando le dimos una puñalada a ese tatu. Sí, le pinchamos el culo, y después de ahí nos fuimos. Éramos parejos, una camioneta contra otra, más o menos iguales. Eso fue en la puerta del hostel. Y después de eso nos fuimos a República Checa. Mirá lo que es el destino. Cruzamos, llegamos, alquilamos un hostel y bueno...”
“En Alemania estábamos ahí, en Frankfurt, esperando un hostel. Estábamos los dos esperando el mismo hostel, y ahí fue cuando le dimos una puñalada a ese tatu."
Fue a finales de junio de 2006 cuando la Policía checa recibió una llamada de alerta. Lo que allí se encontraron los agentes a su llegada no puede definirse sino como una auténtica batalla campal. Golpes, palos, botellas, sillas, cuchillos, un herido por arma blanca y una veintena de individuos enzarzados en el más violento caos, tal y como recogen los pocos testimonios registrados de la época. En palabras del periodista Gustavo Grabia, “fueron diez minutos de todos contra todos que terminó cuando la policía checa llegó al lugar y comprobó, además, que había un herido, de Boca, de arma blanca”.
Todos ellos fueron detenidos y llevados a dependencias policiales, diecinueve en total, trece vinculados a la barra de Boca y seis a la de Independiente. Entre ellos estaban los propios líderes de ambos grupos, así como otra serie de nombres bien conocidos en el mundo barra. De Independiente, estaban además del archicélebre Bebote Álvarez, el Tortuga García, el Peruano, el Correntino Christian, el Rana Acuña y el Narigón.
El propio Bebote Álvarez relataba y rescataba hace unos meses atrás este episodio, aportando su versión de lo sucedido.
“Y viste, voy, dejo la camioneta, y cuando entro al hostel, veo que ahí mismo estaba la camioneta de Boca. Dije: “Uh, la puta madre... “. Bueno, y les dije a los muchachos: “bajen todo, vamos a descansar”, veníamos de dos días sin dormir después del quilombo de allá, y les dije “Bajen todos, vamos a descansar, y mañana, cuando nos levantemos, los atendemos”. Estábamos en la pieza, en el subsuelo, en el primer piso, cuando de repente golpean la puerta: “¡¡pa, pa!!”. Me levanto, abro la puerta, y estaba el conserje de Boca con una cuchilla así… Abrimos la puerta y ya no estaban. Entonces pensábamos que nos iban a estar esperando ahí a la vuelta corriendo. Doblamos el pasillo, no había nada, y a la vuelta había una escalera para arriba y ahí aparecen tirándonos sillas, ceniceros… de todo. Entonces, salta Mauro (Martín) diciendo: ‘Bebote, vamos a hablar…’”
Durante las primeras horas, la confusión fue casi total. Algunos medios incluso informaron que se trataba de una pelea entre hinchas argentinos y checos y no fue hasta el día siguiente que se confirmó que los enfrentamientos eran entre ambas barras, rivales en Buenos Aires, pero enemigos también en el extranjero.
Un relato es el que narra que Bebote habría denunciado a los de Boca por agresión y, ante el silencio de los xeneizes, los de Independiente habrían sido puestos en libertad tras pasar apenas unas horas retenidos. Mientras, los otros terminarían 48 horas adentro hasta que fueron expulsados del país, una versión que corroboró tiempo después nada menos que Mauro Martín.
“Ese Bebote es un hijo de puta. No tiene códigos. Si te agarraste con La Doce y cobraste, bancátela. Pero apenas llegó la Policía, nos denunció. Y como ellos estaban todos rotos y nosotros sólo teníamos un herido, quedamos como los agresores. Le tuvimos que pagar seis mil dólares para que retire la denuncia y nos dejaran ir. Pero gratis no le va a salir. Ya nos vamos a cruzar y se la vamos a hacer pagar. Encima, después anduvo por todo el Mundial haciendo amistad con los de River”, llegó a comentar Martín, algo que Álvarez negaría en su relato de los hechos.
“Entraron los ratis (policía), todos de uniforme, hablaban en checo, yo no entendía nada. Yo solo le decía: “recepción, pum, pum, pum”, “yo durmiendo”. Se ve que el de la recepción les habló y les había dicho que nosotros recién habíamos llegado, que estábamos durmiendo, que no habíamos hecho nada. El conserje tampoco vio ningún problema que hubiéramos armado. Bueno, se van, y a la media hora caen todos de civil, unos checos así de grandes. Me levantaron de la cama de una patada, me llevaron por todo el hotel, y según me llevaban yo ya veía por las escaleras, todo roto: los vidrios, las piezas, todo hecho mierda. Ahí llegó la gente de la embajada y una traductora. Supuestamente nos llevaban como testigos, así que dijimos que no habíamos visto nada, que solo escuchamos un ruido de gente borracha, unas botellas de vidrio, pero nada más. Entonces ahí zafan los de Boca, y a nosotros nos dan los pasaportes para que nos vayamos”.
Consecuencias e importancia de la trifulca checa
Sea como fuere, aquel violento episodio no tardó en avivar el fuego de una polémica ya recurrente. La información, escasa y hasta contradictoria, se extendió como la pólvora por los medios argentinos y la trifulca en tierras checas escaló a tal punto que fuentes diplomáticas argentinas confirmaron que el episodio provocó un fuerte malestar en el gobierno checo y que incluso habría obligado al consulado argentino en Praga a intervenir para evitar una fuerte discordia diplomática.
“Entraron los ratis (policía), todos de uniforme, hablaban en checo, yo no entendía nada. Yo solo le decía: “recepción, pum, pum, pum”, “yo durmiendo”."
La propia FIFA solicitó un informe sobre el incidente y Alemania reforzó los controles fronterizos hacia su territorio, aunque el enfrentamiento evidenció que las naciones periféricas del evento principal eran vulnerables a ser utilizadas como bases operacionales por este tipo de grupos.
Al operar a 150 km de Frankfurt, la confrontación se resolvió por unas fuerzas locales checas que aparentemente carecían de la información especializada sobre el modus operandi de las barras bravas argentinas.
Por otro lado, la gran pelea checa marcó definitivamente el fin del pacto de no agresión entre barras argentinas durante el Mundial, una cita que tradicionalmente se tenía como una suerte de “tregua patriótica”, pero que, en el caso de Alemania 2006, acabó de la peor forma.
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De hecho, allí se consolidaría un poco más esa “leyenda negra”. Así, un total de 47 barras bravas argentinos fueron expulsados del Mundial 2006, incluyendo a los involucrados en el conflicto de la República Checa, haciendo que Argentina se proclamase como el país con más hinchas expulsados de la Copa. No quedó ahí la cosa, pues resulta que mantuvieron este “récord” por otros tres Mundiales consecutivos más: 2010, 2014 y 2018.
Chequia pasó así a tener su particular pie de página dentro de la extensa contracultura de las barras en lo que, ciertamente, no se trató solo de una pelea, sino también a su vez la constatación de que el fenómeno había superado cualquier límite geográfico o institucional. Algo que a día de hoy, casi veinte años después, no deja de ser cierto.










