El amor checo-ecuatoriano en los tiempos del Tinder
Si hay que dar crédito a la fama de fríos que suele atribuirse a los checos, el caso de la joven ecuatoriana Andrea Cruz rompe todos los moldes. Conoció a un checo por Tinder y, luego de la primera cita, él decidió mudarse a Ecuador para vivir con ella. Poco después se casaron y, tiempo más tarde, se trasladaron juntos a Chequia, donde hoy son felices y no comen perdices, pero sí tigrillo, corviche, seco de pollo y otras delicias ecuatorianas.
“En Tinder, él tenía una foto como medieval y súper buena vibra”.
Andrea Cruz
Andrea Cruz tiene treinta y cinco años, es ecuatoriana y jamás imaginó que algún día viviría en la República Checa. Sin embargo, ya lleva seis años instalada en el corazón de Europa, y la gran razón, tal como confirma su risa enamorada, es ni más ni menos que ese sonidito tan contemporáneo en el que la tecnología y el deseo se dan cita.
“Por el amor. Yo crucé el charco por el amor, así. Bueno, lo que pasa es que mi esposo, que es checo, fue a Ecuador porque justo una amiga de su familia está casada con un ecuatoriano que tiene una fundación allá, y mi esposo me contó que dijeron: ‘no sé qué es Ecuador, pero ya vamos allá’. Y fueron en grupo, y yo soy ecuatoriana y tenía Tinder, entonces la típica: el usó Tinder para ver qué había allá, y yo usé Tinder porque estaba en mi momento de apogeo. Nada, hicimos match y fue muy chistoso porque a mí no me gustan los típicos perfiles de chico alto, sol y playa, eso no, entonces yo había puesto una bío cualquiera y el man tenía una foto como medieval y súper buena vibra, pero yo no sabía el idioma, no sabía qué estaba escribiendo, y yo solo dije, ay, está guapo, chao, y nada, hicimos match, y fue súper cool porque se supone que no nos íbamos a conocer porque cuando hicimos match, él ya se bajaba de donde yo estaba, yo vivía en Quito, y nada, yo dije: ‘Ya fue, voy a ser guía turística, entonces le decía, mira, si te vas a Cuenca, anda acá”
Una desgracia con suerte y mucho amor
Pero todo eso sucedía por el propio chat de Tinder y está claro que había ganas de comunicarse porque él no hablaba inglés, así que cada cosa que quería expresar la pasaba primero por el filtro de Google translate. Y ella contestaba, aunque algo resignada a ese rol secundario de guía de turismo virtual que, sin embargo, desarrollaba con entusiasmo porque le encanta ser una especie de embajadora de los encantos de su país. Claro que el destino, sin embargo, les tenía preparada una jugada maestra.
“Y pasó el paro de los indígenas en el 2019, entonces él estaba en El Puyo, que es una zona en el este, y tuvieron que regresarse a Quito, así que una desgracia del país, hizo que él de repente me diga: ‘oye, estoy en Quito, ¿quieres que nos veamos? Y yo dije: ‘Ya, de una’. Y ese día lo tuve esperando cinco horas porque yo trabajaba en una agencia de publicidad y tenía que quedarme ahí, pero bueno, ahí tuvimos la primera cita: todo lindo, todo bello. Al día siguiente, él se regresó a Praga, y yo dije: ‘Bueno, ¡gracias por todo!’. Pero unos meses después me dice: ‘Oye, quiero regresar a Ecuador, ¿puedo vivir contigo?’. Y yo, dale. Así que la segunda cita ya vivió conmigo, y así fue”.
"Una locura", sintetiza Andrea con un brillo en los ojos. Agrega que, en ese segundo viaje, su marido checo se quedó tres meses. El problema fue que ella no se animaba a contarle la verdad a su familia, así que tuvo que decirles que lo había conocido hacía mucho tiempo en un bar, cuando en realidad estaba conviviendo con alguien a quien veía por segunda vez en su vida. Pasaron juntos el Covid y, como en un momento a ambos se les complicó el tema laboral, un día de septiembre él le dijo que ya tenía el pasaje para volver a Praga el 25 de octubre. Pero también había sacado otro ticket aéreo para ella: no pensaba irse solo. Es decir, salieron ya casados de Ecuador y, desde entonces, nunca más se separaron.
“Nos casamos en Ecuador. Esa fue otra aventura, por los papeles. Vivió en Quito conmigo, y luego, para conseguir la visa, tuvimos que ir a Lima. Así que vivimos cinco meses en Perú: dos meses en Cusco, tres en Lima. Y en ese lapso, pues, me propuso matrimonio en las islas de los Uros, que fue hermoso. De allá nos vinimos, y de una me lancé. Y eso que yo soy cero Europa. Para mí, Europa era solo un Eurotrip. Porque, como yo soy redactora creativa, siempre me enseñaban que en Latinoamérica la meca era Brasil o Argentina. Yo tenía un crush con Buenos Aires, y mi idea de ir a Europa era solo en el típico Eurotrip. Pero yo quería vivir en Buenos Aires. Pero nada, el destino dijo: ‘mira, hay este chico de República Checa’, y yo: ‘¿Eso qué es?’”
Hacer match
“Somos partners in crime: él a veces me baja un poco a tierra”.
Andrea Cruz
Es decir, Andrea pasó de no conocer Europa a instalarse en el corazón del viejo continente, en una ciudad mítica cuyo nombre apenas le sonaba por aquel entonces. Ella lo explica con la idea del hilo rojo: conectaron enseguida. Y cada vez que alguien repite que los checos son fríos, a Andrea solo se le viene una palabra a la mente: prejuicios.
“Hicimos click de una y nunca ha habido un roce tan grande como para que yo diga, no, es que la cultura es diferente, no es lo mismo, no; o sea, más bien somos partners in crime: él a veces me baja un poco a tierra, yo a veces le hago lo mismo; cuando necesita hacer algo, yo de una estoy ahí y viceversa. La verdad que tuve el privilegio de conocer a alguien que no me dio ese problema, que sé que muchas personas aquí lo tienen, entonces, sí, sí, súper bien. Y a él también le encanta Ecuador, le encanta la comida, o sea, cuando fue, yo le dije: ‘Bueno, tú vas a hacer bolón, tigrillo, bistec, y vamos a tomar juguito de naranjilla’. Y lo llevé al mercado y dijo: ‘me enamoré’”.
Como la comunidad ecuatoriana en Chequia aún es muy pequeña, Andrea cuenta que todavía no existe un restaurante de su país en Praga. Por eso, ella misma asumió el rol de embajadora culinaria y cultural: le enseñó a su pareja no solo a preparar los platos típicos, sino también los modismos y las tradiciones familiares que forman parte de su identidad. Y parece que el alumno ha superado a la maestra, porque, según Andrea, hoy su checo cocina los platos ecuatorianos mejor que ella.
Delicias ecuatorianas para combatir el chuchaqui
Andrea es de la costa de Ecuador, de Guayaquil, donde reina el tigrillo, ese desayuno que ella define como “comida de los dioses”: una masa hecha con plátano verde frito, machacado y mezclado con huevo, mantequilla, cebolla, quesito y leche, todo acompañado con un huevo frito. Pero claro, no es la única especialidad. De hecho, su plato favorito es el encebollado, una sopa de pescado que, según cuenta, es ideal para superar el chuchaqui; es decir, la resaca.
“Luego está el corviche que es como una bolita rellena de plátano verde, con maní, con pescado (albacora o atún), cebollita, un refrito muy rico; es una belleza; también los patacones, que es el plátano frito. Bueno, también está el seco de pollo, que le dicen así no porque sea un pollo seco, sino porque los gringos, en una época que fueron a Ecuador por cuestiones de guerra, decían ‘second the pollo’, entonces de ahí quedó el nombre ‘seco de pollo’, pero literalmente es un pollo con una salsa espectacular de naranjilla”.
Pueblo chico, corazón grande
Más allá de su amor y debilidad por la cultura y gastronomía ecuatorianas, Andrea ha sabido adaptarse muy bien a su nuevo entorno. De hecho, no vive en Praga, sino en un pequeño pueblito donde las costumbres locales suelen ser mucho más fuertes.
“Y ese pueblito se llama Vysoký Chlumec, ahí solo viven 490 personas, y tiene un castillo, entonces es lindo, porque es como un castillito, y yo soy la única diferente porque todos son checos ahí. Pero, bueno, él tiene ahí la casa de la familia, y decidimos vivir ahí porque yo también me traje a mi perrita, nuestra perrita, de Ecuador. Y lo que hago para no volverme loca, porque a mí sí me gusta igual la ciudad, me gusta conocer, caminar, y todo; lo que hago es, gracias a mi trabajo, venir tres veces por semana a Praga. Estoy a una hora y, entonces, mi día a día es básicamente levantarme a las cinco o seis de la mañana, venir acá, trabajo en Hradčanská, haciendo marketing”.
Cuenta que va muy seguido al gimnasio y, a veces, regresa a su casa recién tarde en la noche. Los viernes, además, suele encontrarse con sus amigas. A pesar de que es feliz en Chequia, dice Andre que sí extraña a su mamá, que es su mejor amiga, y también un poco la playa. Sin embargo, agradece el hecho de poder chatear todos los días con ella y, por otro lado, parece que este año, finalmente, su mamá la va a ir a visitar a Praga.
“¡Le va a encantar! Aunque ella no camina mucho, le dije que aquí tiene que caminar porque no se puede tomar taxis. Y también siento, en cuanto a las diferencias culturales, que todo ha sido para mí como un challenge. La verdad que es súper lindo porque he descubierto muchas cosas de mí y también he aprendido a conocer nuevos tipos de personas, nuevos tipos de amigos, nuevos tipos de amistades. Antes yo me basaba en un tipo de amigos, y durante un tiempo caí en eso de ‘no, con este no, porque mis amigos tienen que ser como los de Ecuador y todo’, y eso no es una realidad. Entonces, estoy aprendiendo a expandir también mis amistades, nuevas cosas, nuevas experiencias, y a estar incómoda, o sea, pidiendo café y que no me entiendan”.
La lucha con el checo
A propósito del idioma, dice Andrea que no puede decir que se lleve con el idioma checo también como con su checo, pero al menos se defiende un poco.
“Una vez en el Pride que hay aquí en agosto, nunca me voy a olvidar las palabras de un chico con el que estábamos ahí conversando y me dijo que él llevaba diez años viviendo acá y su esposo es checo. Y lo que me decía era que la única forma de aprender checo es que realmente te interese. Si no, olvídate. Puedes estar exponiéndote con todos los checos, pero si no te importa, no lo vas a hacer porque es muy difícil. Y yo: ‘Uh, es verdad’. Entonces, sí debería hablar con él en checo, pero él también debería aprender español, así que estamos viendo cómo. Igual sí puedo pedir como llegar al bus, un café, o sea, sí converso. Puedo pedir cosas, pero obviamente si me dicen: ‘¿Café descafeinado o qué tipo?’ ya tengo que volver al inglés”.
Un incómodo feliz cumpleaños
Con su marido, en efecto, hablan inglés, pero aclara que le gustaría hablar más checo, sobre todo para poder comunicarse mejor con la familia de él, a la que ya considera su propia familia. En otras palabras, le gustaría chusmear más con sus suegros y expresarse con la naturalidad que tiene en español, aunque, tal como ella misma dice, nada que un Becherovka no pueda remediar. En cuanto a las costumbres checas más arraigadas, para Andrea es algo así como una de cal y una de arena. Es decir, algunas le resultan un poco incómodas y otras le encantan.
“A mí me parece un poco curiosa la forma en que dicen y desean el feliz cumpleaños, que eso lo vi en la primera oficina donde trabajaba porque, bueno, de mi parte siempre es el abrazo o, bueno, soplar la vela y tomemos y seamos felices. En cambio, aquí, cada persona hace fila, te da la mano y te dice ¡všechno nejlepší k narozeninám! Yo me quedé como incómoda porque a mí me gusta abrazar y eso me pareció súper raro. Obviamente, cuando pasó la primera vez yo le dije a la persona: ‘No, te tengo que dar un abrazo’. No sé si eso a la chica del trabajo la habrá incomodado, pero fue muy raro. Pero me encanta lo de brindar mirando a los ojos, eso me encanta, eso me encanta porque es verdad: uno toma un shot o algo, decís salud y luego te vas, y eso de que miro acá, eso me parece excelente”.
Andrea forma parte de una comunidad de mujeres hispanohablantes llamada La Tribu, con quienes, además de organizar eventos cada mes, se acompañan, se cuidan y se inspiran en forma mutua. Asegura que esa red de contención fue fundamental en sus primeros tiempos, cuando la adaptación se tornaba más difícil, especialmente porque llegó a Chequia en pleno invierno. Y aunque, por haber crecido tan cerca del mar, se considera team verano, asegura que redescubrió el encanto del otoño desde que el amor en tiempos de Tinder la trajo a vivir a Chequia.








