Astrid en la ciudad de los perros

Astrid con su pareja Dani y sus perros
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En Praga, una ciudad donde los perros son tan adorados que funcionan como una verdadera vía de socialización, no podía faltar alguien como Astrid: una entrenadora guatemalteca que, con empatía y snacks de hígado, sana, educa, cuida, entretiene y hace felices a los perros mientras ella misma encuentra en este trabajo perfecto una forma de curar sus propias heridas.

De los tres perritos que Astrid tenía en Guatemala solo pudo traerse a un maltés llamado Skypper al mudarse, hace más de diez años, con su novio holandés Dani a Chequia. Sin embargo, como extrañaba mucho a los otros dos, decidió adoptar a otro perro de un refugio, al que llamó Rocky.

“Él ya tiene 14 años y juega como si fuera un cachorro. Tiene mucha energía y lo envidio porque nunca vamos al veterinario. Él es súper saludable: corre y no tiene artritis ni nada de eso. Siempre es positivo: si hace mucho calor, se tumba y se duerme; si hace frío, le encanta también. Es un perro que se adapta y es feliz. Vive el momento, vive feliz. Se adapta a lo que viene y así es como me gustaría ser a mí también y a todos”.

Astrid con Skipper | Foto: archivo personal

Como Astrid no puede con su genio y dos mascotas no eran suficientes, pronto se le ocurrió una idea: empezar a cuidar también a los perros de los demás, aprovechando lo que es, en su opinión, una de las grandes particularidades de Praga, ciudad a la que define como un paraíso de perros.

“Yo, si iba caminando sola, la gente era así como seria, pero si llevaba a Rocky, la gente ya empezaba a sonreír. Y, ay, tan bonito tu perro. Bueno, no sé qué me decían en checo, pero igual era algo bonito porque a la gente les encantan los perros, sonríen y se ponen felices de verlos”.

Clientes que vuelven

Aunque la clave del servicio que ofrece es, por supuesto, el gran amor que siente por los perros, la tarea de Astrid fue cambiando bastante con el correr de los años.

De paseo | Foto: archivo personal

“Empecé solamente haciendo day care, cuidado de perros. Y después de ponerme a estudiar para eso, empecé a trabajar con cachorros, dando entrenamiento y educación desde muy pequeños. Y como la mayoría de mis clientes son extranjeros y vienen sobre todo de Latinoamérica, sienten la barrera del idioma y por eso les resulta más fácil que entrenen conmigo. Y cuando los cachorros crecen, ya empiezan a venir a day care. Entonces, si necesitan irse de vacaciones, yo me quedo con los perros y los entreno. Y así los conocemos a todos desde cachorros: mis perros los conocen, vamos paso a paso hasta que, ya al final, ya todos están tranquilos. Todos los perros se conocen, se soportan, saben cómo son los demás y qué le gusta y qué no le gusta al otro”.

Aunque Astrid lo dice de un modo que hacer ver a ese trabajo como si fuera muy simple, también se las ha tenido que ver con perros difíciles a los que la adaptación les ha costado mucho más. Sin embargo, ella tiene muchos recursos para hacerlos sentir bien y ayudarlos a sobrellevar esos traumas, que, en su opinión, son la causa, en la mayoría de los casos, del mal carácter. Y entre todos esos recursos hay uno muy especial y delicioso.

Complicidad con los perros | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Si yo veo que un perro no come hígado de cerdo, está enfermo porque a la mayoría le encanta. Eso es como lo máximo. En serio: hígado de pollo o hígado de cerdo. ¡Uy! Todos los perros solo sienten el olor y ya les encanta. Ese es uno de mis snacks favoritos para entrenar”.

Además de sus dos perros, Astrid suele alojar también a un promedio de cinco canes por día en una casa muy amplia de Praga 5 que, por supuesto, dispone de distintos ambientes y patios, uno de los cuales tiene hasta túneles, juegos y casitas como si se tratara de un jardín para niños.

No oyes ladrar los perros

Aunque no son la mayoría, Astrid también tiene algunos clientes checos y asegura que, en lo que respecta a los perros, hay algo que claramente los distingue.

Patio para perros | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Me sorprende que todos los checos que tienen perros siempre les enseñan, les dan educación para que se comporten bien entre la gente o puedan ir al restaurante, todo eso me parece interesante: desde que tienen un perro, le tienen que enseñar incluso a sociabilizar porque ellos conviven en la ciudad, prácticamente… no los oyes ladrar y hay muchos perros que pasan así como si fueran otras personas entre ellos, obviamente no todos los perros son así, pero sí la gran mayoría: creo que los checos sí se preocupan por la educación de sus perritos, sí”.

Según Astrid esa misma característica refleja, en parte, la forma de ser de la sociedad checa que, a diferencia de otras culturas, suele ser bastante poco tolerante al ruido. De hecho, la propia Astrid reconoce que el silencio es algo que la sigue sorprendiendo, como le pasó un día con uno de los perritos que cuidaba.

Casita para perros | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Me dio risa un día que yo estaba cuidando a un labrador joven, y sentía que él estaba así como bien tranquilo porque no lo escuchaba ni nada. Y yo dije: ‘pues qué raro, voy a ir a ver qué está haciendo’. Y se había comido seis bananos. Y me dio mucha risa porque, de repente, ay, los bananos, ¡se había comido seis bananos! Yo llamé a la veterinaria y ella se pone a reír y me dice: ‘no, no te preocupes, no es nada, seis bananos, está bien, solo que va a ir al baño’”.

Además de ser una fuente de ingresos y su principal ocupación, Astrid asegura que los perros le brindan alegría, mucha energía, ganas de salir a pasear y hasta ayudan a conocer mucha gente casi en cualquier lado. Una compañía inigualable.

Políglota canina

Aunque afirma que varias veces ha intentado aprender checo con clases y todo, por ahora no puede ir más allá del nivel A2. Sin embargo, gracias otra vez a sus perros, Astrid ha aprendido una gran cantidad de lenguas, al menos en cierto modo y con un léxico muy específico.

“La mayoría de los perros entienden más por señas como poner la mano, pero sí tengo clientes que me dicen que quieren que lo entrene en su idioma. Entonces, me dan las palabras, ya sea en ruso, en húngaro, en polaco o en otros idiomas, y yo voy aprendiendo y, como no soy tan buena en idiomas, solo me quedan mientras estoy entrenando al perro y después ya se me van olvidando las palabras, pero al principio sí las practico, me las dicen, me mandan un texto con las palabras y, de ahí, me mandan un audio explicando lo que significa tal cosa. Y bueno, así voy practicando con las palabras del papá y la mamá”.

Perros al cuidado de Astrid | Foto: archivo personal

Las dificultades de un trabajo perfecto

"Yo me dedico a que el perro esté feliz: le doy de comer, le doy sus pastillas a los que tienen medicina, vitaminas o si tienen alguna alguna alergia, según las instrucciones que me vayan dando".

Agrega Astrid que, como la mayoría de sus clientes tienen con su perros una relación muy cercana y especial, a veces les cuesta un poco ese acto de fe y confianza que significa dejar lo más preciado que tienen en manos ajenas, aun cuando lo que ofrece Astrid dista mucho de ser un mero hotel para perros.

“En mi caso, yo me dedico a que el perro esté feliz: le doy de comer, le doy sus pastillas a los que tienen medicina, vitaminas o si tienen alguna alguna alergia, según las instrucciones que me vayan dando. Entonces, las personas a veces me dicen: tengo más ansiedad por dejarlo que mi propio perro. Pero después, se dan cuenta de que yo tengo cámaras y siempre los estoy viendo, les doy información de cómo van, les mando fotos, videos y ahí se van dando cuenta de que están felices y todo va bien. Entonces, ya me van teniendo más confianza y los dejan un día completo y así. Y hasta se quedan meses aquí, quizás hasta tres meses también, sí”.

La contracara de esa confianza es que, si bien ella no pierde nunca de vista que se trata de un trabajo, a veces no le resulta tan sencillo tener que devolver a los perros.

Con uno de los perritos que cuida | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Me encariño. Ese es un tema para mí y no puedo verlos como que no son mis perros. Me encariño demasiado. La primera vez que me pasó fue con un chihuahua al que lo tuve desde sus tres meses por varios meses. Él venía a diario y, de repente, pues, me dicen que se van a vivir a otro lugar y ya. Eso fue bien duro para mí: lloré varios días. Todavía me acuerdo y me siento triste: hay varios perros con los que me he encariñado y se van a vivir a otro país, y esa es la cosa también: que uno se encariña, uno los conoce y ha vivido tantas cosas junto con los perritos, están contigo en las buenas, en las malas, en todo momento, compartiendo todo lo que te pasa en la vida, ahí están ellos. Y de repente, se van. Y a mí no es que solamente me gustan los perros, también me gusta educarlos, y no me gusta solo un tipo de perro, sino todos los perros, y aparte de eso, me gusta educarlos; entonces, es una combinación tal que yo creo que encontré mi trabajo perfecto”.

Y aún así reconoce que, quizás por el recuerdo tan influyente de aquel perrito, siente especial debilidad por los chihuahuas.

El mejor amigo de Astrid

Asegura Astrid que, al ser hija única y haber atravesado una infancia muy dura, siempre consideró a los perros no solo su verdadera familia, sino también su salvación.

“Ahora que ya he estudiado la conducta de los perros, me di cuenta de que yo también tenía ansiedad por separación. Y por eso me identifico mucho con el sufrimiento y los traumas porque también vengo de un pasado así. Entonces, creo que los perros me han ayudado desde siempre. Ellos cubrieron todos esos espacios que me hicieron falta como el de tener familia y gente que me cuidara. Ellos fueron los que me cuidaron. Por ejemplo, Skipper, que es mi perro y que cuando él se fue, no fue fácil para mí porque él ocupó todo mi mundo”.

Recuerdos de Skipper | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

De hecho, ese perrito llamado Skipper con quien compartió nada menos que dieciseis años de su vida sigue muy presente. No solo en los recuerdos, pinturas y fotos que Astrid conserva en su casa, sino también como referente y gran inspiración de su trabajo.

"Cuando yo sentía que estaba sola en el mundo, lo tenía a Skipper y era él quien me defendía y me hacía sentir que no estaba sola".

“Vengo de un pasado de abuso infantil. Entonces, yo creo que encontré que los perros realmente son los únicos que tienen una nobleza y un amor puro hacia uno. Y... me da mucha tristeza porque me acuerdo de mi perro que era quien… cuando yo sentía que estaba sola en el mundo, lo tenía a él y era él quien me defendía y me hacía sentir que no estaba sola. Y cuando se fue, te juro que me pasé meses en terapia porque no podía con ese dolor”.

Agrega Astrid que el mayor acto de amor que se puede tener con un perro es, cuando lamentablamente llega ese momento desgarrador que ellos mismos perciben, sacar fuerza de donde sea y dejarlos ir.

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