Jana Boková: “En toda América Latina siento una humanidad que ya no percibo ni en París ni en Praga”

Jana Boková

Convocada por una retrospectiva de sus mejores películas, la realizadora Jana Boková volvió a Praga con más miedo que certezas. Sin embargo, el entusiasmo del público y un episodio surrealista mientras bailaba tango le devolvieron, de golpe, esa ciudad que creía perdida.

Jana Boková | Foto: archivo personal

A algunas personas podría inquietarlas un poco la idea de una retrospectiva, como la que está llevando a cabo estos días el Archivo Nacional de Cine Checo sobre la obra cinematográfica de Jana Boková: ocho de sus mejores películas proyectadas a modo de maratón entre el 14 de mayo y el 4 de junio en dos emblemáticas salas de Praga, Ponrepo y Atlas. Pero ella, lejos de amilanarse, recibió ese homenaje con alegría y absoluta naturalidad, al punto de aceptar el convite y hacerse presente en la ciudad que la vio nacer.

“Para nada porque yo ya había tenido una retrospectiva de solo tres películas en Londres, en el Teatro Nacional, entonces ya yo tiene para mí esa connotación. Para mí, en cambio, la dificultad personal era confrontarme con Praga después de tantos años porque es mi ciudad natal y yo la quería mucho, pero por distintas circunstancias me quedé afuera todo este tiempo, pasé muy poquito tiempo acá desde el año 1968 y ya pasaron casi 16 años después de mi última visita en 2012, que había sido, además, una visita relámpago”.

Yo adivino el parpadeo

Sin embargo, hay que decir que, por ahora, Jana está lidiando muy bien con ese temor porque, tal como ella misma explica, casi sin pensarlo se va encontrando con nuevos amigos, sobre todo vinculados con Argentina, ese país adoptivo al que viajó en la década del ochenta con la intención de filmar “la experiencia del tango” que heredó de su padre. Y también, por supuesto, porque la respuesta del público a la proyección de sus películas está siendo más que positiva.

“Praga es hermosa, pero, para mí, la Vieja Praga perdió el alma”.

“Hoy, con El viaje argentino (Argentinská cesta), la gente estaba muy emocionada, pero realmente emocionada, y decían: ‘¿Por qué no se puede ver esto en otros sitios?’ Una señora dijo que el film debería proyectarse en las escuelas. Y uno me preguntó si ese mundo que aparece en la película que filmé en 1991 sería el mismo si volviese ahora. Y yo dije que seguro que sí, salvo Salta, que quizás es un poco más sofisticada, pero sí, estoy segura de que es exactamente lo mismo. Ellos apreciaron mucho la humanidad… Yo, en Argentina y en toda América Latina, puedo decir que siento una humanidad que no siento en otros lugares: ni en París ni en Praga. Porque Praga es hermosa, pero, para mí, la vieja Praga perdió el alma: las personas que vivían aquí y tenían su carácter se mudaron, y ahora todo es Airbnb”

El tango y su eterno retorno

Agrega Jana que, en este regreso, se está dedicando a buscar el alma perdida de Praga justamente en las milongas de tango porque, en efecto, encuentra un vínculo inesperado entre el baile de tango y la realización de sus peliculas.

“Cuando sucede ese milagro de disfrutar de bailar con alguien que baila bien, tiene lugar una conexión, y eso es igual cuando filmas: sucede también una especie de milagro para que algo salga más que bien. Tiene que ser más que normal, más que bien. Es lo mismo: filmar y bailar son lo mismo, son los dos una pasión”.

A propósito de tangos, ella asegura que no suele bailar con hombres que no manejen el código del cabeceo como invitación a la pista —que aprendió en Argentina y que, según ella, los entendidos ya utilizan en todo el mundo—. No obstante, reconoce que el sábado a la noche hizo una excepción.

“Pero me vino un tipo a la mesa tan cerca que no he podido negarme. Me sonrió y yo dije: ‘bueno, ya es tarde’. Quería bailar y bailamos. Y yo le digo: ‘usted baila lindo, pero es muy técnico’. O sea, no tenía sentimiento, pero pudimos bailar bien. Y yo le pregunto si vivía en Praga y él me dice que es de Praga, pero vive en Modřany. Y yo le pregunto: ‘pero...¿dónde vivió? Y me dice: Vinohrady. Y yo también. Aún no lo puedo creer: él nació en la misma casa que yo, se trata del edificio de un famoso restaurante que aún sigue existiendo y se llama U Sládečků, un edificio del año 40. Yo no sabía quién era: tenía cara joven, pero era pelado. Y él me dice su nombre, yo conocía muy bien a su madre, que era una chica mucho más joven que yo, que vivía en el cuarto piso. Y recuerdo que él era de esos niños que no querían ir al jardín y gritaba media hora en la escalera y siempre se quedaba parado en el tercer piso llorando a los gritos y no había manera de sacarlo de ahí”.

Jana reconoce que el propio miedo que le daba volver a Praga le había impedido pasar por ese hermoso edificio donde nació y transcurrió su infancia. No tenía ánimos de reencontrarse con tantos recuerdos. Sin embargo, al ir a la milonga terminó cruzándose por azar con aquel antiguo niño llorón que había vivido allí hasta los cuatro años y con cuya familia ella había perdido todo contacto después de su mudanza, aunque jamás olvidó aquella escandalosa ceremonia de la escalera. Jana lo describe como un cachetazo de Praga, esa ciudad que, de ser cierto que perdió su alma, al parecer mantiene intactos sus campos magnéticos.

“Yo me siento mejor en cualquier lugar cuando sé que tengo un billete de avión para ir a otro sitio”.

“Es impresionante porque como yo siempre me escapaba y, a veces, volvía tarde... ese restaurante me salvaba porque, de lo contrario, no podía entrar porque la casa se cerraba y yo no tenía las llaves, no me daban las llaves de afuera. Y a veces me quedaba afuera, así que usaba el restaurante para pasar a mi casa, entonces me acuerdo mucho de ellos”.

Pasajera en trance

Quizás durante esas escapadas y rescates de los trabajadores de aquel restaurante, para que sus padres no la retaran, se fue forjando la personalidad y, sobre todo, la inquietud de Jana Boková, una exquisita directora de cine con pasado checo y alma latinoamericana que, en la actualidad, distribuye matemáticamente su vida entre tres ciudades: Londres, París y Buenos Aires. Y aunque reconoce que su vida no es, en ese sentido, muy práctica, ya intentó quedarse con un solo sitio, pero en ninguno logra sentirse mejor que en los otros.

“Yo me siento mejor en cualquier lugar cuando sé que tengo un billete de avión para ir a otro sitio, ¡es terrible! Es verdad, ¿eh? Sí, sí, sí, porque tal vez por mi trabajo se ha establecido eso y una se acostumbra”.

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