“En cada paseo, soy capaz de ver Praga con los ojos de los turistas y siempre me encanta mi ciudad”
Juliana Werner combina y retroalimenta a la perfección sus dos principales trabajos: guía de turismo especializada en latinos y profesora de español para embajadores y diplomáticos checos. En esta entrevista explica cómo entrenó su mirada para detectar detalles que casi nadie ve y revela el origen de un curioso hito turístico del Puente de Carlos: tocar el perrito del relieve de San Juan Nepomuceno para asegurarse siete años de satisfacción sexual.
Un puente entre el deseo más puro y la mejor realidad posible: en esa gran capacidad de adaptación parece consistir la clave del itinerario vital de Juliana Werner. Una trayectoria marcada por decisiones con aparente poco márgen de libertad —un cambio de nombre a último momento, el estudio de una segunda lengua que jamás hubiera elegido, un trabajo que no figuraba entre sus primeras opciones— pero que, con el tiempo, terminaron convergiendo en lo que es su gran vocación
Raro para los checos, familiar para los latinos
Es curioso que, al contratar a una de las personas que más sabe sobre Praga, los latinoamericanos se encuentren con que esa experimentada guía local, nacida en la mismísima capital checa, tenga un nombre tan cercano.
“Es Juliana, pero claro, en español Juliana. Luego me dicen los españoles: ah, te llamas como la sopa, como la ensalada. Lo mismo, los portugueses. Y cuando era pequeña, pues, era un nombre muy extraño. Y cuando me presento, incluso hasta ahora, les parece raro a los checos. Fue idea de mi padre que quería un nombre diferente, y si hubiera nacido una semana antes, me habría llamado Milena porque mi madre quería ponerme así por mi abuela, pero mi padre siempre buscaba nombres tan extraños que mi madre dice que ella dejó que el dijera hasta siete nombres y recién al séptimo nombre dijo que sí, pero no se lo creo mucho porque pienso que ella nunca me hubiera dado un nombre que no le gustara. Pero, en todo caso, fue cosa de mi padre”.
Con ese nombre tan especial, ya durante la secundaria en la Academia Económica de Žižkov lo que más deseaba era estudiar francés como segunda lengua. Pero como la gran mayoría de su clase prefería español, tuvo que quedarse con las ganas. A cambio, sin embargo, encontró una profesora tan excepcional que aquella materia que jamás habría elegido terminó convirtiéndose nada menos que en su favorita.
“Después fui a España a estudiar a una escuela de idiomas en Madrid, donde pasé un año y luego estudié español en la universidad: hice exámenes que en aquella época me parecían muy difíciles para estudiar la filología hispánica. Y luego seguí siempre enamorada de la lengua española y de la cultura. Y hasta ahora pienso que es la lengua más divertida para estudiar, para enseñar, para vivirla... tiene una gran cantidad de países con una cultura tan rica, tanta fiesta que atrae a todos, además del clima. Es la mejor lengua para estudiar, eso siempre lo digo”.
Guía checa experta en latinos
Cada vez más confiada en aprovechar lo que fuera apareciendo en el camino, un buen día Juliana leyó un anuncio que solicitaba una persona para guiar a treinta turistas checos por España. Aunque ella no tenía ninguna experiencia en ese rubro, se apuntó y, por supuesto, la contrataron.
“Bueno, yo en realidad quería ser actriz, algo que está unido un poco unido a todo esto porque siempre quería estar con gente. Ser profesora y ser guía es como ser actriz, solo que produzco un poco lo mío y no tengo que repetir un guión de los otros”.
El éxito de aquel primer trabajo se debió, sobre todo, a que ya dominaba perfectamente el español. A partir de entonces empezó a viajar cada vez más seguido a España, hasta que, con el tiempo, decidió establecerse por períodos más largos en Praga. Sin embargo, como la experiencia le había gustado tanto, comenzó a hacer un curso para aprender lo máximo posible sobre la capital checa. En esa misma época complementó sus conocimientos lingüísticos estudiando también portugués, con el fin de llegar a todo el público latinoamericano, un trabajo que viene realizando desde hace ya veinte años.
“En cada paseo que hago, soy capaz de ver la ciudad de Praga con sus ojos y siempre me gusta mi ciudad. Entonces ellos después me dicen: nos guiaste con tanta pasión, con tanto de todo y les gusta porque realmente soy capaz de verlo como todo nuevo y cuando se fijan en algo, pues ya lo busco y lo vivo”.
El milagro de la sandalia
Entre los lugares que más suelen fascinar a los turistas, Juliana menciona, por ejemplo, la calle París, las casas Art Nouveau y, por supuesto, el castillo. Y aunque Juliana procura visitar siempre con ellos todos esos hits imperdibles, explica que sus recorridos se adaptan, en realidad, a los gustos de cada persona. Asegura, por otro lado, que cada paseo constituye una aventura única, en la que puede ocurrir algo totalmente impredecible.
“Una vez se me rompió el calzado y no podía terminar el tour y buscaba una tienda en todo Malá Strana. Se me rompió la sandalia, se cortó toda y necesitaba terminar el tour con la gente con quien estaba. Fue justo en la Iglesia del Niño Jesús de Praga: yo estaba desesperada buscando chanclas o cualquier calzado para comprar. Porque si no, tenía que dar el tour por terminado. Yo llevaba la sandalia en la mano descalza y, como por instinto, entré en la tienda del Niño Jesús de Praga y la vendedora me prestó sus chanclas y yo entonces pude meter el calzado roto en el bolso y terminar la visita”.
Un detalle único en el Castillo de Praga
A proposito de esa anécdota, asegura Juliana que gracias a su trabajo aprendió que no hay nada más hermoso que caminar su amada ciudad de Praga justamente hasta gastar el calzado. Y los atractivos de la capital checa son en verdad tantos que le cuesta elegir solo un lugar favorito.
“Eso cambia todo el tiempo: en un momento me gusta un lugar, luego, otro; pero me gusta mucho estar en el Castillo de Praga, quizás por costumbre porque todos quieren ver el castillo y como voy a menudo, voy profundizando y ya me fijo en otros detalles. Llevo veinte años y nunca me había fijado, por ejemplo, en un caballo pintado cuando se baja la Escalinata de los jinetes, donde algunos pintaban sus caballos. Yo me imagino siglo XVI, XVII a esos señores llevaban armadura pesada, el caballo también con armadura pesada, tenían que pedir ayuda para subirse al caballo porque no podían. Y después, cuando esperaban el torneo, pues el único amigo, como el gran amigo de ellos, tenía que ser el caballo. Y como no sabían escribir, tenían que pintarlo y eso es lo que se ve allí: yo sé ya de tres caballitos pintados allí en las paredes”.
Siete años de placer sexual
Esa atención por el detalle casi obsesiva, pero a su vez siempre ligada al placer, hace que Juliana no solo descubra detalles que quizás muchas otras personas no ven, sino también lo contario: percibir que, incluso en un lugar tan emblemático y aparentemente atemporal como el Castillo de Praga algunas cosas ya no están más o dejaron de existir.
“Hace unos años había una estatua en la que nadie se fijaba: yo la recuerdo porque cuando empecé a guiar, marcaba el encuentro con mis clientes debajo de esa escultura de un chico desnudo, un jovencito desnudo que representaba la juventud. La estatua se llamaba, de hecho, La juventud y estaba allí porque justo ahí tenía su predio La casa de la juventud, donde por la tarde daban cursos a los niños pequeños de fotografía y pintura. Y muchos de esos niños que iban eran hijos de funcionarios comunistas porque estaban ahí en el castillo.
Luego, cuando empezaron los freetours le empezaron a tocar el pene y nadie sabía por qué, pero una guía mayor me contó que un presidente comunista, al ver la estatua, le pareció que no era adecuado que estuviera delante de La casa de los niños y, entonces, pidió que le redujeran el pene. Y le devolvieron la estatua con el pene más pequeño. Y después la gente se sacaba fotos tocando el pene y se reían y las señoras siempre salían como con mucha vergüenza, pero todas tenían que tocarlo. Y yo lo veía y no entendía por qué lo hacían. Y hasta ahora no tengo la explicación de qué les decían los guías de los free tours si lo tocaban: si va a tener suerte en la vida sexual o algo así, no lo sé.
Y tengo otra anécdota relacionada con eso que me contó un guía checo. Desde siempre en el Puente de Carlos, se toca la estatua de San Juan Nepomuceno, pero uno día este guía me dice: vamos a decir a la gente que si tocan el rabo del perro van a tener satisfacción sexual durante los siete años siguientes. Yo decía: ¿por qué solamente siete años? Y él insistía: vamos a decir el número siete y vamos a apostar y el perro va a estar más brillante. Y no sé si lo dijo, si empezó a difundirlo, pero con los años, en efecto, el perro se fue poniendo dorado”.
Aprenda español con Radio Praga
“Doy clases en la Academia Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, y siempre les recomiendo a mis estudiantes que escuchen Radio Praga”.
Además de ser una de las guías más calificadas de Praga, Juliana Werner complementa ese trabajo con clases de español que ofrece nada menos que a embajadores y diplomáticos.
“Doy clases en la Academia Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, y siempre les recomiendo a mis estudiantes que escuchen Radio Praga porque pueden ver los textos por escrito y a la vez escuchar en español. Muchos lo hacen porque ellos necesitan entender bien las noticias que, en este caso, ya conocen de otros medios. Y luego escuchan y aprenden. Y muchos me lo agradecen: dicen qué buena idea y me dicen qué bien, porque yo lo estoy escuchando subiendo por la calle Neruda, hago ejercicio porque luego estoy sentado todo el tiempo en la oficina... hombres y mujeres. Incluso cuando tienen exámenes, pues a veces saco textos de Radio Praga, y lo leen, y después tienen que reproducir lo que acaban de leer, pues sí que me gusta mucho recomendarlo, y a ellos les gusta”.
Según cuenta Juliana, sus estudiantes suelen aprenden muy rápido porque son personas muy abiertas y con una gran motivación ya que tienen la posibilidad de aplicar inmediatamente todo ese conocimiento en su trabajo. Por otro lado, confirma y, a su vez, relativiza algo que suele escucharse mucho: la supuesta facilidad de los checos para aprender español.
“Creo que es fácil para los checos, polacos y eslovacos y recuerdo que, cuando estudié en Madrid, éramos los mejores, en comparación con los alemanes, americanos y rusos, que nunca se quitaban su acento, nosotros éramos los mejores. Y es bastante fácil. Luego, cuando llegan al subjuntivo, a los tiempos pasados, pues se enfadan un poco. Yo siempre digo que a veces el español les tiende una trampa a los estudiantes porque ellos aprenden muy rápido y cuando piensan que ya lo saben todo y ya pueden hablar, de pronto llega al subjuntivo, los pasados, el estilo indirecto… cuando llega ese punto se decepcionan un poco porque tienen que hacer otro esfuerzo más. Pero al inicio va muy bien y aprenden fácil. Y luego el subjuntivo, pues, les cuesta. Y los tiempos pasados también".
Una gran combinación laboral
Agrega Juliana que a ella le encanta dar esas clases porque los diplomáticos suelen interesarse en distintos temas de cultura, lengua, tradiciones y costumbres de cada país. Al mismo tiempo, le fascina lo bien que se complementan sus dos trabajos.
“Toda mi vida estuve luchando con la idea de si solo enseñar español o solo trabajar de guía porque cansa bastante, pero ahora entiendo que es la mejor combinación posible porque puedo traspasar a mis estudiantes de español lo que aprendo al conocer gente de tantos países cuando estoy guiando”.
“Toda mi vida estuve luchando con la idea de si solo enseñar o solo trabajar de guía porque te cansa bastante, pero ahora veo que es la mejor combinación porque yo puedo traspasar a mis estudiantes lo que aprendo cuando estoy guiando. A mí siempre me enriquece porque encuentro gente de todos los países: gente de Puerto Rico que me pueden hablar de las parrandas, gente de Argentina, militares chilenos, mexicanos y todos me hablan de su país. Y siempre cuando estoy con ellos, me siento como si estuviera viajando yo también porque yo les hablo de mi país, ellos me hablan del suyo y siempre me dicen algo nuevo. Y yo después, en las clases, les puedo contar todo eso. O sea, me gusta combinarlo”.
Especialista, en consecuencia, de la gran diversidad del español en Latinoamérica cuenta Juliana que a veces, en tren de broma, les sale en medio de la clase a sus estudiantes con una curiosa frase, para ver cómo reaccionan: “se me cayó la valija en la pileta”.
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